San Simón


Las olas fueron testigos de aquella condena. En aquellos hombres sólo quedaban sus ideas y la poca vida que le podíamos llevar en aquellas barcas.

Y todas nosotras. Cómplices. Salvadoras. Las mujeres que suman, las que la ayuda les sale por las manos sin poder ser silenciada, las que siempre juntan el aliento para hacer aquello que nadie hizo antes.

Aquellas que cosimos las heridas de las telas con la esperanza de llegar a sus pieles. Costureras que intentaban zurcir los males del alma, donde no llegaba el hilo y donde las agujas quedan clavadas.

Dejamos sus nombre grabados de un modo indeleble, para asegurarnos de que, al menos, la locura no les hiciera olvidar quienes habían sido, aquellos que, debajo de la sal seguían siendo.

Los lazos, ataduras del destino; lo nudos, consecuencias del vivir. Lo que se ata y permanece y lo que se amarra porque no queremos, o no podemos dejarlo ir.

Camisas hechas de la libertad que les robaron. Los remiendos que disimulan los agujeros entre sus ropas, ojalá pudiesen llenar los vacíos del alma.